miércoles, 29 de diciembre de 2010

Al borde/centro de la estupidez

Encerrado en una oscuridad que asfixia, odiado por mi alma que destila negras lágrimas de los ojos de un corazón amenazado por la cruenta conciencia que me repite el nefasto momento en el que la idiotez le ganó a la razón, mi única razón (¿Cómo fue posible eso? ¿Qué demonio se atrevió a tal cosa?). Ojos no ajenos que intentan dormir; pero si no es la conciencia, es el silencio quien me recuerda que no merezco el descanso en el santo País de los Sueños... maldita melodía silenciosa que se aparece cuando el silencio ya no es necesario.

Y no por el hecho de que el sueño no logre conciliar digo que el silencio se haya vuelto inútil; cuando digo que el silencio ya no es necesario me refiero a que, incluso con la ausencia de sonidos tan complejos e incomprensibles como el maldito silencio, mi mente no deja de recordar aquella falla que me volvió más humano y menos digno... digno de...

Las horas pasan, los vientos silban en distintas direcciones y rompen el silencio. Mi mente, mi corazón siguen odiándome; acordes viejos de una guitarra olvidada son mi único consuelo y consejero que se refugia en un rincón olvidado de mi, hoy, fría habitación. Por medio de melodías dulces/amargas, llego a los pies de un gran reloj que se niega a concederme el favor tan imposible de retroceder veintisiete horas y veinticuatro minutos, lágrimas negras nuevamente inundan esta habitación y la tiñen de color fiesta fúnebre.

La quise, siempre la he querido...


jueves, 4 de noviembre de 2010

Que con su desnudez la sombra me cubra.

El viento susurró y los árboles se movieron, la sombra desnuda de la noche vistióse con el llanto de las flores. Aquellos ojos que en el mar flotaban no volvieron a mirar, pero observaban la luna sin cesar. El viento volvió a susurrar y las flores se marchitaron, hoy la sombra brilla en su desnudez, ¿cuánto falta para que amanezca?

Falta mucho para que el sol de noviembre se asome por el horizonte, esa ventana de grises y rojos atados a un corazón palpitante y danzante, atado con sogas de acero que lastiman, sogas que marcan. Ruego que la sombra desnuda cubra la desnudez de mi alma con la suya. Que el sol no me queme los ojos para ver tu brillo, que tu brillo me mate para morir en tus manos, que tus manos brillen para no ver el sol.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Maldita condena, bendito olvido... Maldito miedo.

El mundo da vueltas, muchas vueltas, demasiadas vueltas. Malditas vueltas, todo da vueltas, estoy mareado sin alcohol, estoy mareado por tantas vueltas. Náuseas, piernas temblorosas y una palidez tan fría como el pálido de esos ojos, como el pálido del viento en la noche de negro pálido. Persianas malogradas que no dejan pasar la luz de esa noche... tardé en darme cuenta de que era de día y era hora de despertar, malditas vueltas.



El mundo da vueltas, y estoy cansado de ellas; tan cansado, que tengo un corazón sangrando; tan cansado, que quiero seguir dando vueltas. Soy un mago, convierto en oscuridad lo que en algún día fue luz (tu sonrisa, el brillo brillante de tus ojos), soy un mago, fui un hechicero. El cielo, luto de los vivos, es como un desafiante mar de olas invisibles; una vez quise volar, pero no serán dos veces (aunque el mundo dé vueltas). Soñé con mirarte a los ojos, soñé con hablarte, soñé con inspirarme con tu voz que alegraba un sueño triste al cantar en Si. El viento viaja presuroso, pero tímido y timado, malditas las pestañas del universo que lo engañaron. No puedo volar, pero puedo mirar el cielo.



Miedo, maldito miedo que se ocultó esa noche, maldito mi miedo, maldito tu miedo. Viví por ti, morí por ti, por tu miedo y el mío. Qué bueno que morí por algo mutuo. Condenarme a una oscura amnesia sedienta de olvido, pero hambrienta de recuerdos es la más grande hipocresía en la que pude haber caído. Condenarme a una eterna sinfonía de lamentos es dejar de oírte. Condenarme a ser condenado a todo ello fue una estupidez.

martes, 12 de octubre de 2010

Ya ni las estrellas cantaron...

Mi sueño esta vez es caracterizado por un profundo silencio nocturno, castigo de pecadores que no se arrepienten y musas que olvidaron que fueron olvidadas. Brilla en el cielo una lágrima que cae, lágrima que soñó en una cama de pestañas gruesas que impidieron el despertar de una doncella cautiva de inútiles intentos por escapar, nadie la rescató, todos la ignoraron. ¿Llegarán al anochecer aquellas canciones que son a la vez pañuelos? Depende del ánimo del silencio.

En silencio, el mar me arrebató los pensamientos; en silencio, lloré ahogado en un mar que quemaba; silencio, bendito silencio que susurra versos de poemas viejos y empolvados como cartas de un soldado en guerra que creyó que moría mientras ganaba. Despierta, luna ingrata e ilumina, aunque sea por última vez, esas miradas que ya no brillan.

Olas de un mar desesperado se agitan y mueren en la orilla, las observo, lloro su muerte (soy el único que lo hace). Palpitares y latidos constantes, pero lentos, se confunden con el ciclo de un péndulo impaciente de un reloj cuyos segundos se hicieron más cortos y dejaron de durar. Ya no me quedaban lágrimas, se las regalé al mar. Volveré en una balsa de recuerdos olvidados y de sueños hundidios en el mar. Ya ni las estrellas cantaron esa noche.

Paradero drogadicto. dicto. dicto.

Estaba sentado en una de las bancas del paradero de los viejos recuerdos; observaba cómo lentamentamente pasaban buses de puertas oxidadas y de mentes tétricas, sí, dementes. Leía un periódico escupido, húmedo y con muchas huellas sobre él. La lluvia había originado un arcoiris nocturno de tonos grises en Si bemol que en conjunto con el sonido de las afónicas bocinas solo prometían un viaje extraño y frío, como mi rostro. Algunas señales de tránsito mental inclinadas en ángulos de veintitrés grados algún día me dijeron que pare, pero no les hice caso, seguí caminando y fui atropellado por un taxi de ventanas polarizadas cuyo conductor era yo mismo, ¡qué irónico! Un atropellado que pensaba que jamás iba a ser atropellado y un chofer que nunca se imaginó atropellarse. Pero todo eso tan solo fue cuestión de imaginación.



Esperaba un poco de luna, pero las luces cegadoras de neón y las sonrisas brillosas -pero hipócritas- me lo impidieron. Caminé, pues mis vacíos bolsillos de alguna manera misteriosa me obligaron, no sabía a dónde caminaba, ahí estaba el misterio. Debajo de un puente salían gases alucinógenos e infinitamente tranquilizantes, no me explico hasta ahora cómo así pude volar esa vez, si ya las alas me habían sido arrebatadas en una cruenta batalla (de la que nadie salió victorioso). El cielo se torna azul, pero aún las luces amarillas están encendidas (eso genera una rara atmósfera verde). Los lobos callejeros comienzan a aullar componiendo una terrible pieza musical que nos permite a algunos bailar con los árboles negros de avenida. Lentamente, el sol amenaza con salir, ya es hora de dormir.

jueves, 7 de octubre de 2010

Resaca textual.

Sentí el viento vestido de forma diferente. Era viento frío, que luego volvióse ebrio, pues no sabía a dónde iba. Hubo otro viento, este viajaba sobre el mar embravecido, pero las olas lo ahogaron en esa danza -al parecer armoniosa- que terminó convirtiéndose en guerra.



Por la mañana, después de aquella atmósfera azul con la que tímidas y débiles aves despiertan, mentirosos rayos de sol nacen entre las nubes y prometen otro día de frío brillante. Con dichos rayos despierto, bostezo, me froto los ojos que aún me ofrecen un borroso panorama, y finalmente, decido dormir otra vez, pues había pasado toda la noche leyendo textos alcohólicos en exceso; ahora tengo una fuerte resaca que me condena a soñar.



En mi sueño, esta vez viajo a un lejano horizonte, cuyo ocaso es mi despertar. Es extraño: nunca pude soñar estando tan despierto; nunca pude soñar que volaba estando tan en tierra; nunca pude soñar estando tan consciente. Hay un mar -no de lágrimas, pues este no existe- sino de agua salada, turbia, y oscura (casi negra, como las alas de una blanca paloma), seres desagradables se ahogan en él. Hablo de un ahogo bastante lento y doloroso; un ahogo que permite respirar pero que ahoga. Es un momento macabro, pero no me preocupa, son seres desagradables.



Mi placentero dolor de cabeza no me permite continuar soñando, así que despierto. Salgo a la calle, camino por avenidas silenciosas y desiertas y me sorprende un diluvio de agua oscura que amenaza con ahogarme, ahora tengo ganas de soñar.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Todo sucede cuando veo tus ojos.

Observo tus ojos brillantes que reflejan mis lágrimas negras que en una densa atmósfera no caen al suelo y flotan en el aire como nubes cargadas que ansiosas esperan el momento de ser derramadas en el mar de los recuerdos, mejor aún en el país de los sueños que en sequía vive, por ahora. Un alma sedienta viaja por un prado de rosas negras, hermosas, suaves, fragantes; todas con punzocortantes espinas que un mortal veneno guardan, veneno que se convierte en droga necesaria para que un corazón (afortunado o desafortunado, no importa) pueda latir. Droga que se convierte en amor, amor que se convierte en armas, armas que dan muerte y muerte que se convierte en vida.


Tal vez el mundo se detenga ahora, tal vez el cielo deje de brillar, tal vez la luna logre alejarse para siempre, tal vez yo no vuelva a llorar; pero siempre estarás tú, mi inspiración, mi luz, aquellos versos que nublan mis ojos y a pesar de eso, siento que puedo ver. Le pido al cielo que seas y que estés presente en el aire para poder sentirte cada segundo de vida que me queda, y si me queda un segundo, que haga una pausa para que sea eterno.