Me da igual si las flores florecen en un día agradable; si el sol brilla y quema hasta evaporar la sangre de mis latidos (a lo más profundo del cielo, que también es mar); si las hojas caen al no poder resistirse ante el feroz y cruento viento otoñal, y mucho menos si la lluvia inunda cada rincón del planeta en un invierno universal.
Nada de eso importa, nada de eso, porque no importa el momento, e incluso me es posible prescindir del tiempo durante algunos segundos o durante alguna eternidad infinita o finita (depende de mí, depende de ti). Porque sí me importa que, en cada momento, tú seas el pétalo, la flor fragante y suave que haga agradable mi día; que seas tú (nadie más, solo tú) el rayo de sol en verano que incinere y evapore mi interior; que seas tú el viento y las hojas que bellas melodías componen al pasearse por el vacío de mi mirada, y que seas tú cada gota de lluvia que sacia mi sed después del otoño seco y erial.
Siendo tú el todo, no importará -ni siquiera- si el tiempo existe o no existe... porque tú existencia sí existirá (y no es necesario ni tiempo ni espacio para ello)
Te amo metafísicamente, te amo no solo con el corazón, sino también, con mi sangre y con mis venas. Aun así mis párpados se cerraran, te seguiría viendo; porque eres mis ojos. Aun así mis oídos se taparan, te seguiría oyendo; porque tú eres mis oídos. AUN ASÍ mi corazón se detuviese, seguiría latiendo; porque tú eres mi corazón, tú eres cada latido; cada gota de sangre en mí eres tú, porque me mantienes vivo y solo tu ausencia puede matarme.
