domingo, 13 de noviembre de 2011

La dulce hechicera

Y siento tu ausencia presente,

cual verdugo que tortura,

cual ceniza en la herida ardiente,

cual insomnio que madruga.

Como oscuros falsos destellos:

aquellas mentiras de aquellos.


(Y me pregunto:

¿Cuántas lunas, hasta encontrarnos, han de pasar?

¿Cuántas noches mis ojos han de derramar?

¿Cuántas lágrimas mi almohada ha de secar?)


Miedos entre líneas,

entre penumbras nacientes;

es tu ausencia la mía

de latidos inertes...

(que laten sin rumbo,

que invocan conjuros

de magia que envuelve

cual lluvia paciente).


Mirar hacia el negro cielo,

con hadas y estrellas albinas

que danzan extintas de credos

y vuelan en euforia infinita.


¿Y dónde estás, mi amada hechicera?

¿Qué le has hecho a mi alma despierta?

¿Dónde estás belleza furtiva?

Devuélveme el alma cansina.


(Y los seres del bosque responden:

se ha marchado la dulce hechicera,

pero nunca sabremos a dónde,

volverá en una luna llena

y la verás danzando en el cielo,

en el sol; a lo lejos, por el horizonte.)


Desde entonces, estoy esperando

en el horizonte, en el cielo, en el llano;

la hechicera que mi alma llevó

al infinito, al olvido,

al cielo, al recuerdo,

a lo eterno, al destino,

que a algún sitio mi alma llevó.