martes, 12 de octubre de 2010

Ya ni las estrellas cantaron...

Mi sueño esta vez es caracterizado por un profundo silencio nocturno, castigo de pecadores que no se arrepienten y musas que olvidaron que fueron olvidadas. Brilla en el cielo una lágrima que cae, lágrima que soñó en una cama de pestañas gruesas que impidieron el despertar de una doncella cautiva de inútiles intentos por escapar, nadie la rescató, todos la ignoraron. ¿Llegarán al anochecer aquellas canciones que son a la vez pañuelos? Depende del ánimo del silencio.

En silencio, el mar me arrebató los pensamientos; en silencio, lloré ahogado en un mar que quemaba; silencio, bendito silencio que susurra versos de poemas viejos y empolvados como cartas de un soldado en guerra que creyó que moría mientras ganaba. Despierta, luna ingrata e ilumina, aunque sea por última vez, esas miradas que ya no brillan.

Olas de un mar desesperado se agitan y mueren en la orilla, las observo, lloro su muerte (soy el único que lo hace). Palpitares y latidos constantes, pero lentos, se confunden con el ciclo de un péndulo impaciente de un reloj cuyos segundos se hicieron más cortos y dejaron de durar. Ya no me quedaban lágrimas, se las regalé al mar. Volveré en una balsa de recuerdos olvidados y de sueños hundidios en el mar. Ya ni las estrellas cantaron esa noche.

Paradero drogadicto. dicto. dicto.

Estaba sentado en una de las bancas del paradero de los viejos recuerdos; observaba cómo lentamentamente pasaban buses de puertas oxidadas y de mentes tétricas, sí, dementes. Leía un periódico escupido, húmedo y con muchas huellas sobre él. La lluvia había originado un arcoiris nocturno de tonos grises en Si bemol que en conjunto con el sonido de las afónicas bocinas solo prometían un viaje extraño y frío, como mi rostro. Algunas señales de tránsito mental inclinadas en ángulos de veintitrés grados algún día me dijeron que pare, pero no les hice caso, seguí caminando y fui atropellado por un taxi de ventanas polarizadas cuyo conductor era yo mismo, ¡qué irónico! Un atropellado que pensaba que jamás iba a ser atropellado y un chofer que nunca se imaginó atropellarse. Pero todo eso tan solo fue cuestión de imaginación.



Esperaba un poco de luna, pero las luces cegadoras de neón y las sonrisas brillosas -pero hipócritas- me lo impidieron. Caminé, pues mis vacíos bolsillos de alguna manera misteriosa me obligaron, no sabía a dónde caminaba, ahí estaba el misterio. Debajo de un puente salían gases alucinógenos e infinitamente tranquilizantes, no me explico hasta ahora cómo así pude volar esa vez, si ya las alas me habían sido arrebatadas en una cruenta batalla (de la que nadie salió victorioso). El cielo se torna azul, pero aún las luces amarillas están encendidas (eso genera una rara atmósfera verde). Los lobos callejeros comienzan a aullar componiendo una terrible pieza musical que nos permite a algunos bailar con los árboles negros de avenida. Lentamente, el sol amenaza con salir, ya es hora de dormir.

jueves, 7 de octubre de 2010

Resaca textual.

Sentí el viento vestido de forma diferente. Era viento frío, que luego volvióse ebrio, pues no sabía a dónde iba. Hubo otro viento, este viajaba sobre el mar embravecido, pero las olas lo ahogaron en esa danza -al parecer armoniosa- que terminó convirtiéndose en guerra.



Por la mañana, después de aquella atmósfera azul con la que tímidas y débiles aves despiertan, mentirosos rayos de sol nacen entre las nubes y prometen otro día de frío brillante. Con dichos rayos despierto, bostezo, me froto los ojos que aún me ofrecen un borroso panorama, y finalmente, decido dormir otra vez, pues había pasado toda la noche leyendo textos alcohólicos en exceso; ahora tengo una fuerte resaca que me condena a soñar.



En mi sueño, esta vez viajo a un lejano horizonte, cuyo ocaso es mi despertar. Es extraño: nunca pude soñar estando tan despierto; nunca pude soñar que volaba estando tan en tierra; nunca pude soñar estando tan consciente. Hay un mar -no de lágrimas, pues este no existe- sino de agua salada, turbia, y oscura (casi negra, como las alas de una blanca paloma), seres desagradables se ahogan en él. Hablo de un ahogo bastante lento y doloroso; un ahogo que permite respirar pero que ahoga. Es un momento macabro, pero no me preocupa, son seres desagradables.



Mi placentero dolor de cabeza no me permite continuar soñando, así que despierto. Salgo a la calle, camino por avenidas silenciosas y desiertas y me sorprende un diluvio de agua oscura que amenaza con ahogarme, ahora tengo ganas de soñar.