jueves, 7 de octubre de 2010

Resaca textual.

Sentí el viento vestido de forma diferente. Era viento frío, que luego volvióse ebrio, pues no sabía a dónde iba. Hubo otro viento, este viajaba sobre el mar embravecido, pero las olas lo ahogaron en esa danza -al parecer armoniosa- que terminó convirtiéndose en guerra.



Por la mañana, después de aquella atmósfera azul con la que tímidas y débiles aves despiertan, mentirosos rayos de sol nacen entre las nubes y prometen otro día de frío brillante. Con dichos rayos despierto, bostezo, me froto los ojos que aún me ofrecen un borroso panorama, y finalmente, decido dormir otra vez, pues había pasado toda la noche leyendo textos alcohólicos en exceso; ahora tengo una fuerte resaca que me condena a soñar.



En mi sueño, esta vez viajo a un lejano horizonte, cuyo ocaso es mi despertar. Es extraño: nunca pude soñar estando tan despierto; nunca pude soñar que volaba estando tan en tierra; nunca pude soñar estando tan consciente. Hay un mar -no de lágrimas, pues este no existe- sino de agua salada, turbia, y oscura (casi negra, como las alas de una blanca paloma), seres desagradables se ahogan en él. Hablo de un ahogo bastante lento y doloroso; un ahogo que permite respirar pero que ahoga. Es un momento macabro, pero no me preocupa, son seres desagradables.



Mi placentero dolor de cabeza no me permite continuar soñando, así que despierto. Salgo a la calle, camino por avenidas silenciosas y desiertas y me sorprende un diluvio de agua oscura que amenaza con ahogarme, ahora tengo ganas de soñar.

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