La aurora gélida y multicolor de tu respirar invernal danzaba en mi habitación (de blanco y negro) y me ocultaba los hermosos destellos de tus cabellos durmientes que reposaban sobre la luna lejana; sin embargo, esa noche te sentí más cerca que cualquier otra. Abrí una ventana y miré por un momento al velo nocturno del cielo agridulce y pálido, velo fúnebre de sueños olvidados que yo anhelo soñar otra vez. Tus últimas huellas quedaron impresas en la orilla del mar de mis pensamientos, en la arena de mi memoria fría y solitaria, en el atardecer nocturno en que la luna pudo sonreír. Volaste intentando no sumergirte en ese mar, desafiando a mi olvido obstinado; volando y sumergiéndote -sin querer- en lo profundo del misterio del cielo oscuro, en un rincón del paisaje pintado en el viejo lienzo al que llaman vida algunos... lo hiciste otra vez.
Ojeras solitarias hablan, gritan y buscan -en desconcierto aún- el te amo que se perdió entre sueños, el mismo que fue devorado despiadadamente por las fauces de mi desdichada demencia de otoño caótico y moribundo, ese que se extravió contigo. Te busqué en Leo y en Escorpio, pero ahí no estabas. Viajé a Oz y no te encontré... No estás ni en Pensamiento, ni en Olvido ¿Dónde estás? ¿O será que me extravié tratando de buscarte? ¿Y dónde estoy entonces, si no sé dónde estás?
Qué ingrato es MORIR viviéndote (pienso).
Qué grato es VIVIR queriéndote (digo, vivo soy). Viviré...
