miércoles, 29 de diciembre de 2010

Al borde/centro de la estupidez

Encerrado en una oscuridad que asfixia, odiado por mi alma que destila negras lágrimas de los ojos de un corazón amenazado por la cruenta conciencia que me repite el nefasto momento en el que la idiotez le ganó a la razón, mi única razón (¿Cómo fue posible eso? ¿Qué demonio se atrevió a tal cosa?). Ojos no ajenos que intentan dormir; pero si no es la conciencia, es el silencio quien me recuerda que no merezco el descanso en el santo País de los Sueños... maldita melodía silenciosa que se aparece cuando el silencio ya no es necesario.

Y no por el hecho de que el sueño no logre conciliar digo que el silencio se haya vuelto inútil; cuando digo que el silencio ya no es necesario me refiero a que, incluso con la ausencia de sonidos tan complejos e incomprensibles como el maldito silencio, mi mente no deja de recordar aquella falla que me volvió más humano y menos digno... digno de...

Las horas pasan, los vientos silban en distintas direcciones y rompen el silencio. Mi mente, mi corazón siguen odiándome; acordes viejos de una guitarra olvidada son mi único consuelo y consejero que se refugia en un rincón olvidado de mi, hoy, fría habitación. Por medio de melodías dulces/amargas, llego a los pies de un gran reloj que se niega a concederme el favor tan imposible de retroceder veintisiete horas y veinticuatro minutos, lágrimas negras nuevamente inundan esta habitación y la tiñen de color fiesta fúnebre.

La quise, siempre la he querido...


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