sábado, 7 de agosto de 2010

Estoy sentado, y no me quiero levantar

Si me pongo de pie, me quedaré ciego y no podré observarte, Luna que reflejas la luz del sol, que por las noches iluminas la Tierra y me das tranquilidad después de la tormenta. Lloraré hasta crear mi propio mar, de modo tal que en cada noche tú seas reflejada en él, lágrima por lágrima, mi bella amada, y cuando sangre se requiera, sangre daré también.

Lucho contra mis sentimientos, pero quién puede contra ellos, no existe flecha alguna que penetre un sentir; no existe espada ni daga que arrebate lo que un corazón siente, y lo que ocurre, bella luz, es que cuando algo tan profundo y tan perfecto como tú habita en un corazón, nada puede contra él.

La tarde anterior hablé con el viento, le pedí que te lleve estas palabras: “Aunque muera, estando aquí, te volveré a ver porque podré elevarme y llegaré a tu lado”. Tales palabras se esparcieron por el universo y se perdieron, nunca llegaron; ahora las escribo yo en un papel para que se eleven conmigo el día de mi muerte.

Es de noche; el frío hiela cada rincón de este planeta (mi planeta, mi mundo), dejando inmóviles a mis pensamientos; el cielo está nublado, no te puedo ver, pero te siento en mi corazón; el viento silba produciendo un estridente sonido que estremece hasta las montañas, aquellas a las que solía subir para verte más de cerca.

No quiero ponerme de pie, no lo haré… ¿A quién miento? Si ya las nubes te ocultaron, si ya tu voz no oigo, si ya el cielo me da la espalda para no verte más o no verte durante mucho tiempo… Sin más que decirte, me despido de ti, nuevamente con una lágrima, con un adiós que quise que dure para siempre, pues no quería y no quiero dejarte de ver.

1 comentario: