sábado, 17 de julio de 2010

Velo... Luto

Cae la noche y el bosque se tiñe de negro; más adentro, un claro, árboles que se mecen con el soplar del viento y animales nocturnos que se dejan oír: todo combina y compone una fúnebre melodía. En medio, alguien experimentando la agonía por segunda vez, los cuervos, desde lo alto de los árboles que lo rodean, esperan el final para comerse sus ojos, aquellos que alguna vez la miraron pero no pudieron hablarle.

Una manada de lobos rodean al casi cadáver y lloran la inminente muerte de su hermano, aquella que lo separará de este sucio mundo. La luna -de la cual él estaba imposiblemente enamorado- no salió esa noche, ni siquiera se asomó por las tristes nubes, cuyo llanto como un eco se oía y aunciaba mi partida.

Mi respirar toma un ritmo más pausado, casi ni se percibe, al igual que mis latidos; el dolor no lo siento, pero me sigo quejando, mis párpados se quieren cerrar, pero hay una voz en mí que dice que aún falta algo, que espere, que resista un poco más este martirio. De pronto, una brillante luz desciende del cielo, brilla tanto que esa oscura atmósfera que predominaba, desapareció.

Eres tú, Luna, mis latidos recuperan su ritmo al igual que mi respirar, lentamente me doy cuenta de que puedo volver a moverme ¿Puedo vivir otra vez?¿Puedo amarte?, habías llegado a despedirte, pero yo te recibí para saludarte.

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