Quiero, bella Luna, que estés presente en el momento de mi último respiro, que sientas mi alma como un viento frío que te acaricia el rostro por última vez. Quiero también que tus latidos me dejes oír por última vez, para escuchar la canción más hermosa; para no olvidar –incluso después de la muerte- la voz de tu limpio y puro corazón, golpes que no producen dolor, percusión perfecta, belleza sonora, tu voz.
No te veré nunca más, Luna mía, no aquí en el país de los vivos, donde aun siendo inmortal, podrías morir de amor. Me iré de este mundo, y viviré en el mundo de los sueños, porque ahí te conocí por primera vez, me asombró tu belleza en ese lugar, y me asesinó tu hermosura aquí. Seré entonces como un sueño que vaga buscando una mente, la única que logró brillar, la única por la que mi pensamiento murió, tu mente, tu corazón… pero el corazón no puede soñar.
Si soñaran los corazones, si soñara el mío, tú no serías real. Agradezco a Dios por permitirme soñar con la mente, porque tú eres real, porque te encontraré páginas más adelante, por ese futuro incierto que ni tú ni yo conocemos, bella Luna. Escribiré en la arena lisa de la mañana, una última poesía/súplica para que te quedes en el cielo, para que no haya noche en que no brilles, amada Luna. Viví hasta mañana, morí desde antes, y soñaré para siempre. Nos veremos pronto, lo prometo.
miércoles, 21 de julio de 2010
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