Las paredes se entristecían con la llegada de la atmósfera nocturna, las blancas cortinas se perdían intrépidamente con el viento y sus corrientes... yo observaba, esperaba... con asias, porque ya sabía lo que pasaría.
Esa vez, no dormí, tan solo para saborear con mi vista el tan bipolar color del ámbar celeste de aquella madrugada que -apenas- me permitía divisar algunos objetos flotantes en las turbias memorias de una mente olvidada (no importa si era la mía o de los tantos fantasmas que en mi alcoba moraban); no obstante, yo estaba en mi habitación. Mis inmóviles sábanas parecían ser el nexo entre el estrepitoso sueño que no me dejaba soñar y del tan silencioso vacío que no me dejaba vivir.
Los debilitados rayos de luz de la ciudad estaban así por culpa de una densa niebla que adoptó forma de ola, forma de mar. Corrí, no quería ahogarme, corrí lo más rápido que pude hasta llegar a la orilla de la cual no recuerdo si su cuerpo era tan duro como los salados peñascos del mar; o tan suave, como la delicada arena fina que -a fin de cuentas- era un peñasco destrozado, un cadáver pulverizado por el tiempo y muerto por la incertidumbre. El mar está en tus ojos y yo estaba en el mar, escapando de las vertiginosas caídas que solo los fuertes oleajes armados con aguzados cuchillos me podían ofrecer, en los sueños más hermosos, donde las caídas son el despertar y donde es venenoso el olvido. Porque, si de soñar me detengo, ya no existo... ya no vuelvo.
Mis pies desnudos tocaron el suelo frío, lo hice con diligencia para que no despierten los insomnios que dejé durmiendo debajo de mi cama. Abandono la habitación y encuentro otra; esta tiene una gran ventana de cristal grueso para que no entren esas sombras mías que dejé pintadas en un muro donde nunca me lamentaré el haberme lamentado ahí. Una puerta de marco de oro raudamente se abre y el poderoso viento ingresa hasta penetrar en mis huesos... las sombras solo conocen ventanas.
Te veo. Brillas incandesentemente por lo alto del cielo y en lo profundo del mar. Tu estentóreo silencio hace sordo al silbido que sopla de forma incesante sobre las olas que un día me ahogaron. Al fin vuelves a hablar y tu voz suavemente se desliza por el retumbar del los latidos que dejé en un cristal... vuelvo a soñar, vuelvo a vivir. Nuevamente es hora de dormir, mañana -o en mil años, incluso- abrirás nuevamente el frasco y mis latidos se combinarán nuevamente con tu voz silenciosa y dulce, para ver el cielo que se refleja en el mar, que está en tus ojos, donde sueño, donde vivo...
