martes, 2 de agosto de 2011

Indestructible

Los escalones mágicos parecían danzar con el suave silbo del viento fuerte, las paredes esbozaban inocentes sonrisas mientras oían la melodía que -mágicamente- hizo al viento detenerse, los escalones seguían danzando y eran los mayores testigos de ese acontecimiento que no sé describir, pero que no fue menos mágico.


La melodía cesó, pero seguía escuchándose; ni el viento se la podía llevar, ni los rayos de ese sol escaso de invierno la podían consumir, ni todas las melodías podían llevársela. La melodía estuvo en uno y, luego, en ambos; sí, estaba en ambos y en ambos se dejaba oír. Los latidos del uno hacían sus manos temblar; estas parecían congelarse en un silencio hermoso que solo podía ser producido en estas circunstancias. Los ojos le brillaban, miraban y sonreían; él continuaba temblando al compás de sus galopantes latidos que habían superado velocidades físicas.


Las palabras se hacían presentes en pensamientos y, los pensamientos, en miradas y, las miradas, en significantes destellos color sol que estallaban como rayos en cuatro ventanas metafísicas que continuamente se miraban de soslayo o directos.


Él la amará el tiempo de vida de aquella canción: PARA SIEMPRE. Porque las canciones son eternas y mis latidos también.

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